Mis palabras en ocasión de aprobarse el Tratado de Libre Comercio con Chile

Mis palabras en ocasión de aprobarse el Tratado de Libre Comercio con Chile

SEÑOR BORDABERRY.- Pido la palabra.

SEÑOR BORDABERRY.- Señora presidente: creo que hoy es un día de alegría porque finalmente el Uruguay está dando otro paso firme con relación a la orientación de su política internacional.

Hoy estamos aprobando un tratado de libre comercio, lo que no es poca cosa. Si bien el efecto sobre el comercio en sí entre Uruguay y Chile va a ser casi cero –porque en las relaciones comerciales prácticamente está todo desgravado–, se está reconociendo el valor de un instrumento esencial para nuestra vida económica.

     La situación geográfica y geopolítica del Uruguay nos ha impuesto desde siempre la necesidad de dirigir la mirada hacia otros destinos y mercados. «Puerto, pradera y frontera», nos definió hace mucho tiempo un historiador. Eso hemos sido siempre: puerto, pradera y frontera, y lo seguiremos siendo. Un país que hoy produce alimentos para nueve o diez veces más que su población, que tiene capacidad de producir para más de treinta o cuarenta millones de personas, necesariamente debe mirar fuera de sus fronteras en lo que respecta al comercio.

     Aquel viejo sueño que surgió luego de la guerra de Corea, cuando el mundo se cerraba y se pensaba que aislándose y protegiendo el mercado interno se lograría el desarrollo, ya no se sustenta desde el punto de vista de la teoría y menos aún desde la práctica porque ya fracasó hace tiempo. Optar entre un mercado de 3:200.000 uruguayos y uno que incluye al resto del mundo, para un país con esa producción y esa situación geopolítica no debería ser, siquiera, motivo de discusión. Sin embargo, hay aprensión; parece que se tuviera miedo de avanzar en el sentido correcto.

Tuve el honor de participar representando al país en las negociaciones del último gran tratado de libre comercio que celebró el país, en el año 2003, durante el gobierno del doctor Jorge Batlle, con México. Ese tratado de libre comercio fue aprobado exclusivamente gracias al vínculo personal que tenían los entonces presidentes Jorge Batlle y Vicente Fox. El acuerdo se logró a nivel de presidentes, por lo que, quienes luego lo negociábamos teníamos la seguridad de que iba a ser aprobado.

En cuanto a los efectos de ese tratado de libre comercio, cabe recordar que los estudios de Uruguay XXI demostraron que fue muy positivo. Algunos años nosotros les hemos vendido más y otros nos han vendido más ellos, pero esas son las reglas de juego. De todos modos, cuando se evaluaron los primeros diez años de vigencia del tratado –reitero que manejo cifras de un trabajo que hizo Uruguay XXI–, se pudo comprobar que pasamos de 37:000.000 de importaciones y 136:000.000 de exportaciones, a 308:000.000 y 284:000.000. Quienes solo tienen en cuenta los años en que la balanza comercial fue negativa para el país se equivocan; deberían analizar todo el plazo. De eso se trata y, según los datos del propio Banco de México, las exportaciones fueron mayores que las importaciones que tuvimos.

¿De qué se trata todo esto? De ampliar el comercio, porque eso repercute en el crecimiento de bienes, lo que a su vez genera trabajo y empleo.

Se debe tener en cuenta, además, que en medio del período estudiado para esa evaluación del tratado de libre comercio con México tuvo lugar en dicho país la crisis de 2008, que nos afectó muchísimo; si eso no hubiera ocurrido, los resultados hubieran sido aún mejores. Pero lo cierto es que ha facilitado mucho las exportaciones, desde la zona franca de Colonia, de cueros curtidos de bovinos y también de madera contrachapada. Gracias al tratado de libre comercio con México, cuando ocurrió la crisis de la construcción, luego del lío con Lehman Brothers, Fannie Mae y Freddie Mac en Estados Unidos, las empresas que exportaban madera contrachapada encontraron un mercado libre de aranceles que les permitió subsistir. Hoy se anuncia en la prensa que esa empresa que tuvo problemas, que está en Tacuarembó, acaba de ser vendida; fue la operación número diecisiete de ventas y fusiones de empresas en América del Sur el año pasado. No es poca cosa para un país como el Uruguay. ¿Cómo pudo mantenerse esta empresa? Porque tuvo un mercado alternativo. Este es el gran valor que tiene un tratado de libre comercio.

     Algunos dicen: «Vamos a tener un tratado de libre comercio y ¡vaya a saber si efectivamente podremos vender o no hacia esos mercados!». En verdad, sí, porque la mera posibilidad de poder vender a otros mercados en caso de que alguno cierre, ya tiene un valor enorme. El ejemplo que mencioné de la venta de madera contrachapada fue lo que le permitió seguir a la compañía maderera; y luego, en 2013, cuando se retomaron las ventas a Estados Unidos por la recuperación del mercado de la construcción, México siguió siendo el segundo destino de esas exportaciones. Llegado el momento, la empresa se vende, entra dinero y se sigue trabajando.

     ¡Qué importante fue ese tratado! Es una de las tantas cosas en las que el expresidente de la república Jorge Battle mostró su visión, de la misma forma que lo hizo en ocasión de aprobar el tratado de protección de inversiones con Finlandia. Si hubiera escuchado aquellos cantos de la oposición que decían que no había que aprobar ese acuerdo con Finlandia, ¿qué hubiera pasado hoy? No tendríamos la planta de UPM en Fray Bentos, ni la planta de celulosa en Conchillas, ni la planta de pueblo Centenario en Durazno, única expectativa de inversión en la que el actual gobierno ha puesto toda su esperanza. ¡Vaya si son importantes los tratados de libre comercio! ¡Vaya si nos perdimos una gran oportunidad de firmar un tratado de libre comercio con los Estados Unidos! No nos lo perdimos porque Estados Unidos no lo quisiera; no nos lo perdimos porque pusiera demasiadas exigencias; ¡nos lo perdimos porque todavía había algunos entrampados en los años sesenta, que antepusieron sus ideologías al interés y el bienestar de todos los uruguayos!

     ¡Y pasó el tren! Y después volvió a pasar el tren.

     Por suerte, hoy en día, tras muchas discusiones, después de que muchos demoraran en aceptar este instrumento, estamos acá para aprobarlo. Donde esté Jorge Batlle nos estará mirando y estará riendo. Con seguridad, como lo hacía todo el tiempo, estará diciendo: «¡Está clavado!». Así es: está clavado que este es el camino y que es muy bueno que hoy el oficialismo deje atrás esa posición, baje esas banderas que atacan el libre comercio y las relaciones comerciales país a país, y apruebe este tratado. Tal como dijimos antes, quizás no tenga tanto efecto desde el punto de vista arancelario porque está todo desgravado, pero el Senado de la república le está diciendo a todos que los tratados de libre comercio son el camino que debemos seguir de aquí en más: con Chile, con México, con Estados Unidos, con Cuba, con Vietnam, con el que sea. ¡Este es el camino! De lo contrario, nos estaremos quedando atrás, dejándole a todos nuestros productores e industriales una mochila: la de tener que pagar aranceles para entrar a mercados donde los productores, industriales y exportadores de otros países no lo hacen.

     Algunos justifican la aprobación de este tratado diciendo: “Vamos a aprovechar que Chile tiene cuarenta o cincuenta tratados de libre comercio con otros países” –creo que son cincuenta y cinco, pero no recuerdo bien y quisiera ser preciso porque últimamente me las cobran, aunque al fijar el rango-meta de la inflación nunca le embocan– «para ingresar a esos mercados». Eso es algo bastante tirado de los pelos, entre otras cosas porque tendríamos que darles trabajo a los chilenos para que efectivamente nuestros bienes exportados tengan origen chileno, cuando nosotros tenemos que pensar en dar trabajo a los uruguayos y no a los chilenos. Pero, además, este es el camino que está planteando la Unión Europea porque tiene beneficios que ya nadie niega: genera mayor competitividad, más y mejores empleos, permite reducir y hasta eliminar las barreras arancelarias y no arancelarias. Todos sabemos que no todos los sectores de la economía se benefician por igual desde el principio, pero a largo plazo se benefician todos, sin duda.

     Al momento de aplaudir la firma de este tratado de libre comercio con Chile, que se aprobará hoy en el Senado, lo más importante es señalar cuál es el camino por venir. Lamentablemente, el ALCA no caminó, pero creo que a partir de tratados de libre comercio como este podremos construir un gran ALCA desde el pie, desde abajo. Celebremos tratados de libre comercio con México, con Chile, con Estados Unidos, y construyamos una gran área de libre comercio desde Alaska hasta Tierra del Fuego. ¡Ese debe ser el camino! Podemos construirlo pretendiendo lograr una gran área con un tratado multilateral, o quizás lo mejor sea ir haciendo tratados entre todos hasta que un día nos encontremos con que todos estamos desgravados. Lo construiremos de esa forma, aprobando tratados modelos, de última generación –como este–, que no solamente atiendan los temas arancelarios, sino también temas como la corrupción, la protección del medio ambiente, la competitividad, el comercio electrónico y la modernidad.

     Esperemos que el país siga este camino y que todos nos demos cuenta de que es imprescindible. Si el Mercosur no avanza con la Unión Europea, avancemos nosotros con la mayor cantidad de tratados de libre comercio posible. Hoy estamos dando ese paso; hoy, en Uruguay, tratado de libre comercio deja de ser una mala palabra para la amplia mayoría de los partidos políticos representados en este ámbito; hoy, todos, oposición y oficialismo, reconocemos la bondad de los tratados de libre comercio. Supongo que si lo estamos aprobando es porque todos somos conscientes de la bondad de este tipo de tratados. Y es bueno que una vez más, desde el oficialismo, se arríen esas banderas dogmáticas en contra de esos acuerdos; es bueno que una vez más, desde el oficialismo, se cambie de posición. Es muy bueno, como lo es también el cambio de posición en una cantidad de otros temas por los que ayer se nos criticaba, se nos denostaba, por los cuales quienes los defendíamos éramos acusados desde vendepatrias hasta defensores del imperialismo. ¡Hoy por suerte se ha cambiado! Ya las concesiones de obra pública y las privatizaciones dejaron de ser malas palabras; ya el agravamiento de penas para atacar la inseguridad dejó de ser mala palabra; ya el enfrentar las crisis cumpliendo con las obligaciones dejó de ser mala palabra. Hoy, acá, de nuevo, quienes sostenían hace muchos años la necesidad de este tipo de acuerdos, dejaron de ser denostados por eso.

Vaya mi recuerdo y mi memoria muy especial al doctor Jorge Batlle, criticado y denostado. Era un liberal, un amante de la libertad que, como tal, promovía y pretendía lograr –y lo logró– acuerdos de este tipo, con la certeza de que ese era el camino para crear el bienestar de los uruguayos. Tenía la certeza de que ese destino de puerto, pradera y frontera –puerto que brinda servicios, pradera que produce y frontera al mundo, como es el Uruguay– iba a seguir ampliando las fronteras, brindando servicios y, sobre todo, colocando, en igualdad de condiciones con otros países, la producción de su pradera y el resultado de la inteligencia de sus hombres.

Muchas gracias.

SEÑOR BORDABERRY.- Pido la palabra para contestar una alusión.

SEÑOR BORDABERRY.- Señora presidenta: quizás no fui del todo claro cuando hablé. Obviamente, los tratados de libre comercio, con el país que sea, tienen momentos buenos y malos; el secreto es mantener las aperturas a determinados mercados con bajos aranceles y, de esa forma, cuando un mercado está en problemas se puede recurrir a otro. Uno se pregunta qué habría pasado si nos hubiéramos tomado el tren que nos ofreció Estados Unidos en su momento, cuando el entonces presidente Vázquez recibió al entonces presidente Bush en Anchorena; el presidente Vázquez quería firmar, pero su partido no lo dejó: esa es la realidad. Quizás hubiéramos gozado de diez o doce años de gran crecimiento económico. Y si al llegar el señor Trump hubiera dicho que iba a cambiar, tendríamos que haber seguido firmando tratados de libre comercio con otros mercados para seguir accediendo.

     En el año 2005 el que se tomó el tren fue Australia: suscribió el acuerdo con Estados Unidos y para el 2022 va a estar totalmente desgravado el ingreso de sus productos agrícolas. Entonces, quiero comparar al productor agropecuario, golpeado en el Uruguay hoy, con el productor agropecuario australiano, que tiene un mercado de acceso sin aranceles para el 2022, cosa que nosotros no tenemos. Eso es dinero que entra al país y mayor competitividad para el productor, porque cuando hablamos de competitividad también hablamos de estas cosas. La gente tiende a decir que la competitividad es el dólar, el costo de la energía o el combustible; sí, lo es, pero la competitividad también es el arancel que se cobra para ingresar a los mercados. Entonces, bienvenido sea un tratado de libre comercio con Estados Unidos, bienvenido sea un tratado de libre comercio con Chile, bienvenido sea un tratado de libre comercio con el país que sea. Según me han dicho, Vietnam tiene un tratado de libre comercio con Estados Unidos ¡y vaya si Vietnam y Estados Unidos estuvieron enfrentados! Sin embargo, hoy tienen un tratado de esa naturaleza. Lo que hay que hacer es desideologizar estas cosas y poner primero el interés del país. Eso es lo que hay que hacer.

     Según dicen, hoy el presidente Trump tiene problemas con China y México, aunque con este último es más un tema migratorio que de aranceles. De todas maneras,  Estados Unidos tiene actualmente tratados de libre comercio con Australia, Baréin, Canadá, México, Chile, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, El Salvador, Guatemala, Honduras, Israel, Jordania, Corea, Marruecos, Nicaragua, Omán, Panamá, Perú y Singapur. Todos esos países están creciendo. Ahora, si el problema es Estados Unidos  –porque evidentemente al oficialismo siempre le cuesta un poco más Estados Unidos–, empecemos por otros países, vayamos a otros lugares y concretemos de una vez por todas esa apertura de mercados porque hay un principio básico en esto: los países no tienen amigos; tienen intereses. Esa es la realidad.

     Veamos la realidad de nuestra política exterior, no en este Gobierno, sino en el anterior y en el anterior. Fue una política exterior de amiguismo. En el año 2005 nos dijeron: «Ahora que en la región todos los gobiernos son progresistas y de izquierda, nos va a ir muy bien». ¿Tenemos que repasar de vuelta la relación con la señora de Kirchner? Desde la época de Perón, cuando cerró la frontera, que no teníamos tan mala relación con Argentina.

     Entonces, en definitiva, no es cuestión de «Estados Unidos sí» o «Estados Unidos no»; es: «Nos cobran para ingresar» o «No nos cobran para ingresar». Tratemos de que no nos cobre nadie, señora presidenta.

Muchas gracias.

SEÑOR BORDABERRY.- ¡Apoyado!

SEÑOR BORDABERRY.- Pido la palabra para fundar el voto.

SEÑOR BORDABERRY.- Señora presidenta: hemos votado afirmativamente y creemos que la aprobación de este proyecto de ley se ha concretado, una vez más, gracias a los votos de los partidos de la oposición. Si bien la votación no ha sido nominal, está claro que falta una señora senadora del Frente Amplio en sala, por lo que, sin los votos de la oposición, esto no se habría aprobado.

     Nuevamente decimos que lo votamos porque hemos puesto por delante el interés del país, es decir, porque consideramos que la aprobación de este tipo de acuerdos comerciales nos permitirá acceder a otros mercados para nuestros productos y así aumentar la colocación del fruto del trabajo de nuestra gente.

Una vez más, los partidos de la oposición, tan criticados últimamente, estamos dando una muestra de que ponemos primero el interés del país, mientras que otros no lo hacen.