Mis palabras en homenaje a MEVIR y Alberto Gallinal Heber

 

SEÑOR BORDABERRY.- Señor presidente: hace cincuenta años, en este mismo Parlamento, se discutía algo que estamos discutiendo hoy: una ley de presupuesto; ahora se está analizando el proyecto de ley de rendición de cuentas, otra ley presupuestal.

                Y esa ley que discutían los legisladores de la época, que se convirtió en la n.º 13640, describía –si nos tomamos el trabajo de leer su exposición de motivos, veremos que es así– problemas que tenía el Poder Ejecutivo de ese momento, parecidos a los que tenemos hoy. Hablaba del déficit fiscal –pasaron cincuenta años y seguimos con lo mismo– y de los problemas que tenía el Gobierno que se acababa de instalar para confeccionar, por primera vez en la historia del país, un presupuesto por programas, lo que había sido establecido en la reforma constitucional del año anterior. 

Esa ley también contenía las primeras normas sobre el Banco Central del Uruguay y la Oficina de Planeamiento y Presupuesto, que se crearon en esa reforma constitucional. Y allá, perdido –como aparecen a veces en las rendiciones de cuentas y en las leyes de presupuesto–, estaba el artículo 473, que contenía las normas que creaban el Movimiento de Erradicación de la Vivienda Insalubre Rural: Mevir. Asimismo, se creaba el Fondo para Erradicación de la Vivienda Rural Insalubre, la Comisión Honoraria pro Erradicación de la Vivienda Rural Insalubre, y se establecían los recursos, donaciones, herencias y legados –como se establece tradicionalmente en diversas leyes–, intereses de los fondos acumulados, y un impuesto que gravaba las siguientes transacciones: compraventa y permuta de bienes inmuebles, y compraventa de bienes muebles en remate público. También establecía las condiciones de adjudicación de la vivienda y las condiciones que tenía que cumplir el beneficiario que accedía a ella. 

Y así –no digo entre gallos y medianoche, pero sí en el apuro de una ley presupuestal y sin dedicarle expresamente una ley– nacía Mevir, que este año cumple cincuenta años. Sin embargo, lo importante no es que cumpla cincuenta años; lo importante es lo que logró en ese lapso. Si bien no voy a insistir en los números –porque creo que quienes recorremos el Uruguay vemos esas casitas blancas, ordenadas, las lagunas de decantación, etcétera–, en cincuenta años son más de 120.000 los beneficiados y más de 29.000 las casas entregadas. Es, sin lugar a dudas, el plan de viviendas más exitoso de la historia del país y un ejemplo, hoy, para otros países. Además, es un plan que benefició a las familias de los asalariados rurales y de los pequeños productores rurales de escasos recursos. 

Es un plan presente en todo el Uruguay, en especial en los pequeños pueblos. Dentro de un rato se proyectará una serie de imágenes, entre ellas la del mapa del país con una enorme cantidad de puntitos marcados, que indican que Mevir está en todos lados: desde pueblo Yacaré hasta Cebollatí; desde San Javier hasta Colonia Palma, pasando por todo el país y, obviamente, en Florida, en el centro del país. 

Por lo expuesto, creo que es bueno que hoy el Senado haga un alto en su trabajo para homenajear a Mevir, a su fundador, a todos sus presidentes, a todas sus comisiones directivas y a todos los que hicieron posible ese éxito: que hoy más de 120.000 uruguayos tengan una vivienda digna en Uruguay. No solo para homenajear y agradecer es importante hacer un alto, lo es también para atender y prestar atención –aunque sea por un instante– a un modelo exitoso de diseño y de ejecución. 

¿Cómo nació Mevir? ¿Cómo nació esa prueba de que se puede progresar, mejorar y dar respuesta a necesidades tan básicas del ser humano, como la vivienda? Para responder esas preguntas, en primer lugar debemos prestar atención a la situación que se vivía en las zonas rurales de Uruguay –principalmente antes del año 1967, fecha en que nace Mevir–, que constituía un problema, no digo que centenario pero que tenía, por lo menos, setenta u ochenta años en el Uruguay. Con el alambrado de los campos, en 1877, miles de trabajadores quedaron sin trabajo. Se dio un fenómeno similar al de la Revolución Industrial en Europa. El alambrado de los campos requería menos personas trabajando y más tecnificación, lo que originó que muchos se trasladaran a pequeños poblados donde construyeron sus casas, sus ranchos de adobe y paja. Ya en el censo de 1877 se señalaba que había 27.580 viviendas de barro y paja. También se conocían como rancheríos o pueblos de ratas. 

Zum Felde, en 1931, en su libro Proceso intelectual del Uruguay decía: «En ranchos pequeños y míseros, viven mezclados hombres, mujeres, niños, viejos, enfermos y sanos. Los hermanos son hijos de varios padres y a veces de padres desconocidos; son frecuentes el incesto y la rufianería. Así, de consuno con aquellos factores políticos a que antes hicimos referencia, estos, económicos, van haciendo perder cada día más al paisano su altivez, su concepto del honor…» «A la degeneración moral se suma luego la degeneración fisiológica; la mala alimentación, la vivienda infecta, la miseria, en fin, hacen tuberculosos en gran número». «Ninguno de los beneficios de las llamadas leyes sociales alcanzan al miserable y envilecido habitante de nuestros rancheríos, menguado descendiente de los gauchos heroicos de las patriadas, a quienes, por ironía, la ciudad ha levantado un monumento».

Julio Martínez Lamas y Juan Vicente Chiarino, en 1930 y en 1944 respectivamente, alertaban sobre ese tema. Julio Castro, en 1941, estimaba en 587 los rancheríos en el país, con aproximadamente 120.000 personas. Miguel Soler, otro maestro comprometido con la escuela rural decía: «Con el alambramiento, a fines del siglo XIX, se produjo la expulsión de la parte económicamente prescindible de las estancias, gestándose así enclaves minifundiarios que carecen de fuentes de trabajo estables, los rancheríos o pueblos de ratas…». «El rancherío plantea grandes problemas de convivencia, salud e higiene». 

El arquitecto Juan Pablo Terra complementó estos estudios en su trabajo “Los rancheríos en el Uruguay“. Junto con los rancheríos venía un mal endémico del país, el mal de Chagas, que se trasmite por la vinchuca, esa vinchuca que el propio Hudson, en su libro La tierra purpúrea, relata que en las noches molestaba a sus personajes, pero que no había afectado a los indígenas que habitaban el país, quienes, quizás con cierta sapiencia, no recurrían al techo de paja sino al de cuero, al de pieles.

                Esto provocó diversas reacciones. No es que hasta en 1967 no se hubiera intentado nada; fue motivo de preocupación y de atención y se intentó llevar adelante diversos proyectos y propuestas con éxito relativo. Quizás la iniciativa más concreta y ambiciosa fue la de la Ley n.º 10809, que en 1946 creó el Estatuto para el Trabajador Rural. Esta ley fue de avanzada en la región. Argentina recién va a tener, unos años después, una ley similar bajo el gobierno de facto del general Edelmiro Farrell, cuando el entonces coronel Juan Domingo Perón era ministro de trabajo de ese gobierno de facto.

                Uruguay se anticipó y en el gobierno constitucional de Amézaga, a iniciativa del Senado, se aprobó el Estatuto para el Trabajador Rural que, además de establecer una cantidad de beneficios –que hoy, por innegables, pueden no parecer importantes, pero ¡vaya si lo eran en la década de los cuarenta!–, como el descanso semanal, las vacaciones pagas y otras prestaciones, tenía una fuerte vocación por el tema de la vivienda. No solo establecía la obligación del patrón de suministrar la vivienda, sino que tenía que proporcionársela al trabajador y a su familia. Además, establecía las condiciones que debía reunir la vivienda –por ejemplo, solo debía tener destino vivienda–  y hasta preveía un modelo. Esa ley también fijaba la obligación para el patrón de tener, cada tantas hectáreas, un empleado con su familia, un padre de familia. Buscaba la radicación en el medio rural. En su exposición de motivos se dice que lo que buscaba era, precisamente, que esos niños, que esas familias que vivían en los pueblos, estuvieran con sus padres y no que los vieran una vez por mes, o a veces ni siquiera eso. 

Esa ley también creaba una comisión honoraria, además de reiterar la fijación del salario mínimo que ya estaba previsto desde 1923 en el país. Fue un avance en las condiciones de trabajo en los establecimientos, en las condiciones de la vivienda de quienes vivían en los establecimientos, pero no solucionó el problema de los rancheríos. Sí fue un avance en lo que refiere a quienes vivían en los establecimientos rurales, pero no lo fue respecto a lo que sucedía en los pequeños pueblos y rancheríos. 

Las palabras de Zum Felde, entonces, seguían replicando fuerte y motivaban esa primera reacción, pero en 1964 un uruguayo resolvió pasar a la acción. Ese uruguayo fue  el doctor Alberto Gallinal Heber. Dice Gallinal en 1964:  «… fueron convocados unos ciudadanos que sentían como un peso inmoral que continuara este panorama de miseria. […] las ideas que se manejaron» –según Gallinal– «siguen animando las reuniones: amor al prójimo, desinterés personal y ansiedad, desesperación por llegar al final, antes que termine nuestra vida». 

                En 1966 el doctor Alberto Gallinal es candidato a la Presidencia de la República por el Partido Nacional. Esas elecciones las gana –como se sabe– el general Óscar Gestido. Cuando el Gobierno envía ese primer  proyecto de presupuesto, a iniciativa del doctor Gallinal se incluye la creación de Mevir y se establecen las bases de su éxito. Creo que ese éxito empieza desde su propio nombre. ¡El propio nombre lo define! Mevir es un movimiento. ¿Qué es el movimiento? Es una acción, un cambio. Viene del latín:  movere, mudar. ¡Quería cambiar! Esa era la impronta del doctor Gallinal: hacer, concretar, mover; era no dejar todo como estaba, pero tampoco mover hacia cualquier lado porque en el propio nombre ya se establece el objetivo claro y preciso: ese movimiento tiene como objetivo erradicar la vivienda insalubre rural. También era la impronta de don Alberto Gallinal tener un objetivo claro, sensible, además; un norte, una guía, como con seguridad habrá compartido la Cruz del Sur con los paisanos y los troperos en las noches.

También traía, desde su creación, el concepto de comisión honoraria, pero integrada por personas con notoria versación en problemas sociales; no remuneración. Alcanza con tener un poco de experiencia en nuestra campaña para saber que hay muchos servicios básicos que funcionan por la colaboración de muchos: la comisaría – quién no ha pagado cubiertas; quién no ha llenado los tanques–; la escuela –quién no ha hecho aportes–; el liceo; la policlínica y la ambulancia. ¡Para él eso era esencial! Él sentía la obligación de dedicar tiempo y ayudar a los otros. Hay una anécdota sobre esto.  El doctor Gallinal entendía que ni siquiera había que pagar viáticos en Mevir. ¡Así lo hacía él! Un día vino un miembro de la comisión y le planteó pagar una cuenta de hotel con dinero de Mevir. Dicen que Gallinal –que no era una persona fácil en estos temas, ¿no?– lo miró con fastidio y le dijo: «¡Esos viáticos son ladrillos que le vamos a quitar a una casa!».

Otro punto esencial de esa ley fue crear el fondo, es decir, los recursos, con impuestos, entre ellos a él mismo, pero todos esos aportes que se hacían ahora los pasaban a efectuar todos y no solamente el que sentía esa necesidad y esa obligación de ayudar. 

La ley también se ocupó de los beneficiarios, siguiendo el precepto artiguista  de  que «los más infelices serán los más privilegiados», pero terminando de leer la frase como a veces no se hace, porque el numeral 6 del Reglamento Provisorio también dice: «si con su trabajo y hombría de bien propenden a su felicidad, y a la de la provincia». ¡Y Gallinal lo sabía! «Sí, vamos a ayudar, pero también ustedes deben ayudar». Así el benficiado aporta a Mevir horas de trabajo, y Mevir aporta arquitectos, materiales, terrenos que consigue, y junto con ello se evita que el destino de la vivienda no sea otro que el de vivienda. Así se suceden los programas, surgen las viviendas, desaparecen los rancheríos y con ellos la vinchuca que ocasiona el mal de Chagas; se suma la posibilidad de que el pequeño productor pueda arreglar el techo de un galpón. ¡Les cambia la vida a muchos orientales!

Lo más importante es que hoy el trabajo sigue porque, como repetía don Alberto, aún nos queda mucho por hacer.

¿Pero quién era Alberto Gallinal? ¡¿Quién era Alberto Gallinal Heber?! ¡¿Quién era ese uruguayo que, en ese acto de inspiración y de acción, primero creó Mevir y luego se encargó de que fuera un éxito, acompañándolo hasta los últimos días de su vida?! Sin duda, fue uno de los grandes hombres de nuestro campo. Uruguay tuvo la suerte de contar con grandes hombres de progreso en el campo, como Ordoñana y Reyles –no voy a seguir dando nombres porque son muchos–,  personas que apostaron a la genética, al desarrollo en las praderas y al progreso. ¡Colocaron al Uruguay en la situación en que hoy se encuentra! ¡Acá se hizo la primera inseminación artificial en ovinos de América del Sur! Desde 1968, a iniciativa de otro gran ruralista, Carlos Frick Davies, el Uruguay tiene Coneat, cuando hay países que todavía ni siquiera tienen catastro en América del Sur; ni siquiera tienen delimitado en un plano el número de padrón. Uruguay no solamente tiene eso, sino también índice de productividad gracias a la obra de ese gran ruralista que fue Carlitos Frick. ¡Cuando hacemos las leyes sobre el tema rural siempre nos basamos en los índices Coneat de los padrones! 

                ¡Alberto Gallinal se destacó entre todos ellos! Como dijera Guillermo Sanguinetti, don Alberto Gallinal fue el fruto de dos fuerzas trascendentes: una, la herencia de acción social que recibió de sus mayores –padres, abuelos y tíos–, de la familia Jackson; la otra fue su acendrado espíritu cristiano. Alberto Gallinal fue el cuarto hijo de Alejandro Gallinal y  Elena Heber Jackson. 

                Tuvo todo en la vida para hacer lo que quisiera. Sobre él dijo Luis Pedro Sáenz Gallinal: «Pudo ser pintor, pianista, acaso cantante de ópera» –¡cantó en el Solís!–, «tribuno de nota, escritor y poeta, intérprete, abogado de prestigio y quién sabe cuántas cosas más». Pero no, prefirió ser un servidor y luchar contra la miseria, el hambre, el analfabetismo y las enfermedades; arregló hospitales, hizo escuelas, viviendas, cortó espinas, embolsó langosta y cavó zanjas. 

Fue un distinguido productor. Se basaba en el modelo neozelandés. En su luna de miel  –¡pobre su señora!– fue a Nueva Zelanda para conocer el modelo de ese país. 

                Fue un adelantado al defender la capa superficial del suelo de las tradicionales aradas, así como el uso de fertilizantes naturales para convertir los campos en bancos de fósforo. Fue un dirigente gremial de excepción, director de los Registros Genealógicos de la Asociación Rural del Uruguay, fundador de la Sociedad de Criadores de Corriedale del Uruguay, fundador de la Sociedad de Criadores de Caballos Criollos del Uruguay, fundador de la Sociedad de Criadores de Hereford del Uruguay y jurado de  la raza en Irlanda, Estados Unidos, Argentina, Brasil y Uruguay. Asimismo, fue presidente del Congreso Mundial de Hereford, en Kansas City; integrante de las comisiones de lucha contra la sarna y contra la fiebre aftosa; presidente de la Asociación Rural de Reboledo, de la Asociación Rural de Florida y de la Asociación Rural del Uruguay; intendente de Florida y candidato a la presidencia por el Partido Nacional. Fue integrante de todas las comisiones de ayuda que uno pueda imaginar. Es más, pedí el archivo Gallinal al Archivo General de la Nación –no haré referencia a eso porque nos pasaríamos toda la mañana hablando de él y ya he notado que se encendió la luz indicadora del tiempo que tengo para hacer uso de la palabra– y creo que es algo que merece ser estudiado porque hay de todo, desde la genética hasta la ayuda social.

                Gallinal financió obras en Cerro Colorado y también cementerios, escuelas y viviendas. Fue presidente del Instituto Cultural Anglo-Uruguayo, de la comisión pro remodelación de la maternidad del hospital Pereira Rossell y de la comisión pro remodelación y ampliación del hospital Maciel. Creo que él tenía claro –como dice Lucas 12:48– que al que mucho se le da, mucho se le demandará. Y él, al que mucho se le había dado, devolvió mucho más: en la agropecuaria, en la vida, y en la familia. 

                Dicen que era un poco distraído. Una de sus hijas me comentó que un día fue con algunos de sus nietos en una avioneta a inaugurar unas viviendas. Los nietos bajaron, se pusieron a jugar al fútbol y al rato vieron que la avioneta se iba; como no sabían qué hacer, empezaron a gritar. Al rato, el piloto le preguntó: «Don Alberto, ¿usted no venía con sus nietos?». Entonces, tuvieron que volver a levantarlos. 

                El avance genético en Corriedale, en Hereford –que hoy distingue al Uruguay– y en caballos Criollos tiene mucho que ver con él, pero todos esos avances –incluso en las pasturas y en la tierra– creo que quedan opacados, no por no ser grandes ni por no ser luminosos, sino por lo que significó Mevir. 

                Hay que señalar también que en el camino lo acompañaron grandes hombres. Uno de ellos es el arquitecto José María Mieres Muró –tío del actual señor senador Mieres–, pero también hubo muchos presidentes, muchos integrantes de directivas y muchos funcionarios que hicieron posible este éxito, a quienes hay que extenderles las felicitaciones del caso. ¡Ese espíritu de Mevir –que era el de Gallinal– era un espíritu especial de misericordia, de trabajo, de austeridad y de autonomía. Es el gran ejemplo que nos dejó: la misericordia de la que hablaban esos fundadores. Si bien no hay que olvidar la tarea de todos ellos, se debe tener en cuenta que Mevir es una acción por los que menos tienen y persigue una utopía.           

                El segundo valor era el trabajo voluntario, la línea artiguista que dice que los más infelices sean los más privilegiados  si con su trabajo propenden a su felicidad y a la de la provincia. Los otros son la austeridad y la autonomía. En un contexto de escasez de recursos, la obra social debía minimizar los gastos burocráticos. También hay que mencionar la autonomía e independencia de los partidos políticos y de los poderes públicos. Ese fue otro gran éxito porque pasaron cantidad de gobiernos, de todos los partidos y algo más, pero la obra siguió adelante. Hoy Mevir es no solo un éxito; es un ejemplo de cómo hacer que las cosas sucedan en un país donde eso es algo difícil. Mevir cosecha unanimidades y es también un contraste con los asentamientos que hay actualmente en las zonas urbanas y con los que aún hoy no podemos, señor presidente. Cuando leí la descripción de Zum Felde acerca de cómo se vivía en esos rancheríos en 1931, sentía que era la descripción de los rancheríos que existen hoy en los asentamientos: hijos de distintos padres viviendo de consuno en condiciones higiénicas que no son las adecuadas. Se ha solucionado el tema en la zona rural con este trabajo que es ejemplar, pero como país no hemos podido solucionar los 589 asentamientos irregulares que hay actualmente, y no es algo de este gobierno, ni del anterior –bajo ningún concepto estoy haciendo alusiones políticas–, sino que traspasa todos los gobiernos, de todos los partidos. Lo cierto es que hoy hay 165.000 uruguayos que viven hoy en esa situación.

                De ahí que creo, señor presidente, que hay que ver lo que logró Mevir y cómo lo hizo, y volver a prestar atención a esos principios de misericordia, trabajo, austeridad y autonomía. Es el camino, es el legado que nos dejó. Asimismo, hay que felicitar a quienes hoy siguen con esa bandera, con ese rumbo; a quienes hoy integran ese movimiento que tiene el objetivo claro de seguir erradicando la vivienda insalubre rural. 

                Para finalizar, quiero recordar que don Alberto Gallinal donó a Casupá el obelisco –entre otras muchas cosas que donó–, pero su padre, don Alejandro Gallinal, donó uno de los monumentos más lindos que hay en Uruguay. Me refiero al que está en Sarandí Grande, un monumento a la batalla de Sarandí, que exhibe a una mujer con una mano en la frente, un escudo en la otra y un león americano avanzando. Fue obra de José Luis Zorrilla de San Martín. Cuando se inauguró, en 1923 –no sé si don Alberto estaría ahí porque tendría trece o catorce años, pero su padre, que lo había donado, con seguridad estaba–, dado que el escultor no podía asistir, le pidieron a su padre, el poeta de la patria, Juan Zorrilla de San Martín –¡que vaya si hablaba bien!, según dicen– que hiciera uso de la palabra. Obviamente, en Sarandí, ¿de qué iba a hablar Juan Zorrilla de San Martín? Citó la Leyenda Patria, esa parte que dice: «¡Sarandí! ¡Sarandí!… ¡Santa memoria, Primicia del valor, ósculo ardiente […]», y que termina con los siguientes versos: «¡Paso al pueblo novel! ¡Sonó su hora! “Que quien sabe morir, sabe ser libre”.»

                Decía el poeta: «¡Saber morir!… Pero hoy es preciso saber vivir, señores. Vivir es permanecer, continuar, recordar, conmemorar…». Recordar, como lo hacemos hoy, que hace cincuenta años un grupo de ciudadanos encabezado por don Alberto Gallinal puso en movimiento la erradicación de la vivienda insalubre rural y lo logró; recordar a Mevir, señor presidente, es traer a la memoria a su fundador, alguien que cumplió como dice el escudo del propio poeta de la patria: «Vivir se debe la vida de tal suerte, que viva quede en la muerte». ¡Vaya si ha quedado viva en Mevir la vida de su fundador, aun después de la muerte de don Alberto! Conmemorar es repetir ese santo y seña que citó el poeta de la patria en el año 1923 cuando dijo en Sarandí: «¿Sentís la voz? Viene de los campos de Sarandí. ¡Quién vive! Contestemos unísonos lo que también en esa piedra está escrito: ¡La Patria!… La Patria inmortal, que alienta hoy en nosotros y alentará en los hijos de nuestros hijos.».

¡Gracias Mevir! ¡Gracias don Alberto! Aún nos queda mucho por hacer. 

(Aplausos en la sala y en la barra)